lunes, 25 de julio de 2011

Aumenta en las consultas el número de jóvenes con problemas auditivos

Rebeca Gómez, de 14 años, aprendió la lengua de los signos con sus amigos sordos, pero no suele utilizarla, ya que en su casa todos oyen y en su círculo cada vez hay menos chicos con hipoacusia. La primera vez que pudo escuchar bien, después de someterse a una operación de dos implantes cocleares hace cuatro años, oyó el ruido de un aplauso. Al igual que cuando sintió caer las gotas del agua, le parecieron sonidos increíbles, ya que no se los había imaginado así.
La joven es muy buena para las matemáticas, pero cuando hay problemas que entrañen algún giro gramatical o léxico, el resultado se le resiste un poco más. Dice que le encantaría ir a la Universidad y estudiar Económicas. Además se defiende con el inglés y este año sacó casi un bien en la asignatura de Lengua, una materia que supone un reto cada día para ella.
Leer, bailar, salir a dar un paseo con su pandilla, ir al cine o escuchar música forman parte de sus actividades de ocio, aunque reconoce que la primera vez que escucha una canción no entiende muy bien la letra y le cuesta coger el ritmo. «Nunca me he sentido discriminada y la verdad es que siempre me lo he tomado bien», asegura. «Me da mucha pena que muchos de mis amigos sordos, cuando hablo con ellos a través de las redes sociales, siempre pongan todos los verbos en infinitivo; también me gustaría que en los cines las películas tuvieran subtítulos».
Oportunidades
A pesar de nacer sorda y de estar predestinada, en un principio, a perder toda la información que le rodea, tanto los avances tecnológicos en la medicina y el esfuerzo de sus padres por que su hija no creciera aislada y coexistiera toda su vida sin tener las mismas posibilidades y oportunidades que el resto de los chicos de su edad, han posibilitado que Rebeca no viva en un mundo paralelo.
No obstante, esta quinceañera entra en el porcentaje del último estudio (junio 2011) realizado por el Colegio de Médicos de Valladolid, en el que se pone de manifiesto que 3,5 de cada mil adolescentes de la provincia son sordos.
Pero esta cifra engloba exclusivamente a los adolescentes sordos de nacimiento y no refleja lo que cada vez es más frecuente en las consultas de atención primaria: que hay cada vez más jóvenes que pierden oído. Según la última encuesta Nacional de Salud realizada en 2009 por el Instituto Nacional de Estadística, de los cien adolescentes castellanos y leoneses encuestados con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años, el 11,29 % aseguraban tener una pérdida moderada de audición, y un 1,48%, severa.
Los problemas auditivos afectan de manera distinta por sexos. Del total de chicas encuestadas, un 9,93% escuchan con moderación, frente al 12,68 % de los chicos. El 1,43 % de ellas tienen severos problemas para oír bien, frente al 1,54% de los varones, y el 0,12 % de féminas no oyen nada.
El doctor José Ignacio Benito Orejas, adjunto del Servicio de Otorrinolaringología del Hospital Clínico de Valladolid, asegura que es muy importante concienciar a la juventud «del grave y silente daño que causa el ruido intenso, que puede producir una pérdida de audición irreversible y de la que el que la padece se da cuenta cuando ya ha generado una incapacidad, es decir cuando es demasiado tarde para buscar soluciones».
Escuchar música durante muchas horas seguidas a través de iPod y otros dispositivos similares sin que se establezcan periodos de descanso son, según este especialista, síntomas peligrosos, y las iniciales dificultades de comprensión en ambiente ruidoso o la aparición de zumbidos en los oídos. «La patología inflamatoria del oído produce pérdidas auditivas de intensidad variable que pueden perpetuarse si el proceso se cronifica».
Cuando Sandra Márquez llegó a casa con Fiamma, su hija de pocos días, su madre había preparado una gran fiesta de bienvenida. «Cuando los primos de Fiamma y los niños pequeños estallaban los globos, ni se despertaba del ruido; entonces es cuando nos dimos cuenta de que la nena era sorda», recuerda Sandra, quien ahora, cuando mira hacía tras y ve los avances que ha conseguido su hija, de 18 años, se siente orgullosa de que pueda tener las mismas posibilidades que el resto de los chicos de su edad.
Hace un año, la joven se sometió durante ocho horas a una operación de implantes cocleares pero, hasta entonces, tuvo que pasar por largas horas de rehabilitación. «De pequeña iba a dos colegios: por la mañana, a uno donde le enseñaban a interpretar lo poco que escuchaba, y por la tarde, a la escuela ordinaria». Relata la madre que un día la niña, cansada y harta de no progresar, le comentó que quería aprender la lengua de signos.
Incomprensión
Al llegar al centro y ver que los niños, para aplaudir, levantaban las manos y las agitaban en el aire, Fiamma no entendía nada, por lo que esa sensación de sentirse aislada entre otros sordos no le gustó nada. Tal es así, que prefirió seguir poco a poco el camino iniciado en su casa y en sus dos anteriores colegios. «A veces me siento incomprendida, ya que no me puedo expresar como me gustaría y la verdad que eso me enfada mucho», indica. Poco a poco, encadena los sonidos para formular una frase.
A pesar de que le encantaría estudiar Odontología e ir a la Universidad, realizará un grado medio para después continuar paso a paso con sus estudios. «Ahora tengo en clase una intérprete que me ayuda a entender durante las explicaciones del profesor». El problema, indica, «es que con esto de la crisis, la Junta de Castilla y León ha recortado las horas que puedo tener intérprete y con 12 horas lectivas a la semana no puedo llegar a entender todas las explicaciones, y pierdo tiempo de aprendizaje».
Recibir una atención educativa integral, integradora y de calidad, que responda a las necesidades del alumno con discapacidad auditiva en todas las etapas del sistema, incluyendo la Universidad, y contar con profesionales especializados y titulados, y con los recursos materiales y humanos (medios de apoyo a la comunicación oral, intérpretes) son una pequeña parte de las reivindicaciones que este colectivo demanda a la Junta.
A pesar de tratar de llevar una vida corriente, Fiamma se siente aislada de vez en cuando: «Cuando salgo con mis amigos y hay mucha gente, al hablar todos a la vez y rápido no entiendo nada y me pierdo gran parte de la comunicación». Según la psicopedagoga y coordinadora del servicio de atención y apoyo a familias de la Asociación de Padres y Amigos del Sordo (Aspas), Erika Platón González, «los chicos sordos pierden información al no escuchar y las habilidades y los recursos sociales también los pierden, ya sea por miedo o vergüenza. A la hora de relacionarse, muchos de ellos no están muy dispuestos, ya que no tienen recursos personales para entablar una relación social».
Platón advierte de que «esto deriva, en algunas ocasiones, en adiciones a las tecnologías, los chats y las redes sociales». Ante esta falta de sociabilidad o de un círculo de amistades, «pues hay que tener en cuenta que muchos de los chicos sordos que tienen implantes cocleares no pueden disfrutar al igual que nosotros con nuestros amigos al ir a una discoteca o a un bar, ya que el ruido les aturde y no pueden escuchar bien las conversaciones, por lo que no les gusta», desde Aspas se les ofrecen actividades de ocio alternativo con niños con diferentes niveles de sordera, amigos oyentes y hermanos para trabajar la integración y las habilidades sociales. Aspas, un programa promovido por Fiapas y financiado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad con la colaboración de la Fundación ONCE, recomienda a la veintena de adolescentes asociados que conozcan a otros sordos para compartir experiencias.

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