lunes, 6 de junio de 2011

¿Cómo una mujer que nació sorda llega a Cali para convertirse en odontóloga?

Angelita, la odontóloga que también lee los labios, lo logró: nació siendo sorda y está a punto de ser profesional. Cuando era una niña, sus padres se enteraron que podían tratarla en Cali y se mudaron a esta ciudad tras renunciar a las comodidades que tenían en su lugar de origen.

Algo especial debe haber en la cabeza de los odontólogos: ¿O de niño, quién sueña con revisarle la boca a otra gente? Es decir, mientras miles de chicos sueñan con llegar al espacio, ¿realmente hay otros que anhelan descubrir cráteres en los dientes ajenos? ¿Por qué alguien que puede escoger para sus sueños de infancia ser una heroína, luchar contra dragones, conquistar estrellas, escoge empuñar una fresa y calzar una muela?

Angelita, como le siguen diciendo a sus 23 años, me mira la boca y ríe. “A mi me gustaban mucho los planetas –dice--. Me hubiera gustado ir a la Nasa pero yo sabía que para mi era imposible. Cuando terminé el bachillerato hice una lista con las carreras que me gustaban y odontología estaba de primera. Yo sabía que también iba a ser muy difícil, sí, pero ese era mi sueño”.

En un par de meses Angelita será la doctora Angela María González López. Cuando reciba su grado de la Universidad Santiago de Cali, se habrá convertido en una de los casi 40.000 odontólogos que ya hay en Colombia; con el tiempo, seguramente, trabajará en un consultorio, hará profilaxis, curará abscesos, extraerá cordales, combatirá la caries; nada extraordinario, podrá decir alguien. Y tal vez no lo sea: finalmente otras 40.000 personas también lo estarán haciendo.

Lo extraordinario es lo que hay detrás de ese logro en apariencia minúsculo; para llegar hasta ahí, Angelita tuvo que filmar cientos de clases enfocando los labios del profesor para luego poder repasar lo que decía; lo extraordinario es el empeño que puso para demostrar que su limitación no era impedimento; lo extraordinario es que ella, que nació con una sordera profunda bilateral, haya escogido una profesión en la que depende casi en su totalidad de lo que le puedan decir sus pacientes. Algo especial debe haber en la cabeza de los odontólogos, repito, mientras ella me mira la boca, lee mis labios y ríe de nuevo.

El sonido de las alcancías rotas

Ángela nació el 4 de julio de 1987 en Aguadas, Caldas. Fue la primera y única hija de Jaime González, entonces dueño de la carnicería del pueblo, y Omaira López, una muchacha buena y tranquila, hija del propietario del supermercado. Eran buenos tiempos, esos.

La niña había nacido bien. Era una monita de ojos cafés y cachetes colorados que crecía sin mayores contratiempos. Así hasta los 18 meses, cuando el tío Aníbal, que fue de visita a la casa, empezó a hacerle juegos y monerías, a chasquearle los dedos junto a los oídos y se dio cuenta de que Angelita no reaccionaba ante ningún estímulo sonoro. “Jaime, esta pequeñita como que es sorda”, le dijo el hombre al papá de la niña.

El presentimiento fue confirmado en la Clínica Soma de Medellín. Al parecer, explicaron , esas fiebres de 39 y 40 grados que atacaron a la mamá cuando tenía tres meses de embarazo, aquellas fiebres con brote que el médico del pueblo le dijo parecían un “tifo”, realmente habían sido una rubeola que al no ser tratada a tiempo afectaron el sistema auditivo de la bebé.

Seis meses después de haber empezado unas infructuosas terapias de rehabilitación , Jaime y Omaira se quedaron un día sin habla frente al televisor. En el aparato pasaban una nota periodística sobre un niño de 8 años que, con el mismo problema de Angelita, aprendía a hablar gracias a un programa desarrollado por el Instituto de Niños Ciegos y Sordos de Cali. Los papás se hicieron entonces una pregunta que lo cambiaría todo: ¿Nos quedamos aquí amasando fortuna y dejamos que la niña crezca así, o nos vamos y lo apostamos todo por ella? Al otro día, la familia estaba en Cali.

El primer sonido en esta historia de larguísimos silencios es el de las alcancías rotas. Jaime y Omaira vendieron lo que tenían, juntaron los ahorros posibles, hicieron un préstamo y llegaron a vivir a una casa de madera en El Troncal, cuando ese barrio era uno de los rincones más lejanos de esta ciudad. El carnicero entonces, para poder mantener a su familia, se convirtió en taxista.

Angelita empezó estudios formales en el Instituto a los 2 años. El programa de rehabilitación consistía en un plan cognitivo que también exigía el compromiso familiar: como los audífonos que le adaptaron apenas le permitían vagas percepciones, era necesario que durante las 24 horas del día sus padres estuvieran en función de enseñarle el nombre de cada cosa, vocalizarle para que aprendiera a leer los labios, ayudarle a reconocer la vibración de las palabras. Con las manos puestas en las mejillas de su mamá, Angelita aprendió, por ejemplo, que “Amor”, la palabra, se siente al fondo de la garganta. En 1995, el día en que terminó la primera fase de su rehabilitación en el Instituto, fue destacada como la mejor estudiante del año. Angelita, esa vez, se imaginó cómo sonarían los aplausos.

El doloroso sonido del cielo

En respuesta a una carta escrita por Omaira donde exponía el caso de su hija, los impedimentos económicos de la familia y un posible milagro auditivo llamado implante coclear, los Misioneros de la Consolata, en Roma, enviaron 30 millones de pesos para que el 19 de julio del 95 la chica tuviera una de las primeras operaciones en Colombia. Y un mes después, con el implante funcionando, al fin escuchó; su primer recuerdo sonoro es el de un avión pasando sobre su cabeza, justo a la salida de la clínica. “No me gustó; sonó durísimo y me puse a llorar”.

Han pasado 16 años desde ese momento y Angelita ahora está sentada en el comedor de su casa. Junto a sus papás hace una lista de sonidos alegres: el maullido del gato, la música, la bruma del mar. Y la felicidad suena igual para los tres. La mamá, mientras la escucha, de tanto en tanto le recuerda cosas: alguna clave para que la Efe se escuche mejor, la postura de la lengua al pronunciar la Ene. “Cuando hizo las prácticas en Tuluá, los pacientes creían que era extranjera. Decían que hablaba como una gringa. Le decían la doctora extranjera”.

El doctor Fredy Rivera, profesor que se encargó de hacerle la entrevista de admisión en la Universidad, cuenta que al principio él creyó sería muy difícil que Angelita terminara la carrera bien. “Cuando llegó, su pronunciación era más compleja; le dije que le íbamos a exigir y así fue. A partir del semestre 4, además de todo lo que hacía, de filmar las clases, puso todo su empeño en la pronunciación y lo logró. Con ella no hubo concesiones, va a ser una gran odontóloga”.

A Angelita le gustan las listas. Ahora hace una de sueños. Dice que le gustaría aprender inglés y viajar por el mundo. Un día, atender pacientes odontológicos en el África, ayudar chicos con problemas como el suyo. Debe haber algo especial en la cabeza de los odontólogos, le digo de nuevo. Ella me mira la boca y ríe. Su risa, entonces, se oye clara, legítima, perfecta.

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